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November 17

LA ESPERA

Había doblado esa esquina tantas veces que al momento del inventario era imposible practicar cuenta alguna. La ventana aun estaba abierta. La brisa mecía las cortinas y una luz amarilla inundaba la habitación. El tiempo se consumía lentamente: la tarde y el anochecer habían caído en simultaneidad haciendo impreciso cualquier límite.

Y era tan simple. Abrir la reja, dos o tres golpes y esperar hasta que ella bajara para abrirle la puerta y conducirlo hasta la sala de recibo. Hasta ahí todo perfecto. Seguramente se extrañaría, y al tanto que una sonrisa se le escapaba del alma para dibujarse en el rostro, sugeriría que era un poco tarde para andarse con visitas. No, no podría decírselo. ¿Que sentido tendría contarle que desde el crepúsculo estaba rondando sin atreverse a cruzar el umbral que marcaba la verja?

Lo más plausible era dejarse de pavadas y marcharse a casa, ir a la cama y una vez apagado el foco de la mesa de noche, cavilar con rectitud lo que haría la mañana siguiente. Se llenaría de insomnio: caminar por la habitación, releer las cartas que en algún momento tendría que entregarle. Margarita del valle, Margarita a secas. Sus amigas decían que era ella quién invitaba a los chicos a salir, que con algunos de ellos se iba luego de las fiestas hasta el alto de San Esteban: con el Pote, con Dámaso Cuellar y Julián el mago. Con ellos y otros más la habían visto.

Al llegar al sauce que marca el alto, lo rodeaba en silencio hasta tenderse sobre el colchón de hojas. Tomaba las manos del hombre para acomodarlas sobre la cintura, hacerlos subir con las manos frotándole la espalda, los suaves contornos de los hombros, los ojos de Margarita sobre perdidos en algun lugar, respiración lenta. Ella que se aparta y en una clara evocación de la Venus de Boticcelli aflojarse el vestido, irlo sacando cual serpiente que cambia de piel hasta quedar en desnudez. Los rizos negros cubriéndole los senos, con los pezones sobresaliendo.

De nuevo trae hasta si al hombre, toma entre sus manos el rostro del amante, lo aprieta fuerte hasta abrir sus quijadas y lo sostiene así un momento para que la saliva caiga al piso, para que la saliva moje aquellos rojos y erectos pezones por la sangre que los baña. Margarita se pierde, cierra los ojos. Su cuerpo se adormece, los dedos del hombre se hunden en la espesura, la boca entera pasea por sus senos, los labios se desbocan por las pecas que la cubren trazando círculos bajando por el vientre hasta que la lengua reclama para si el derecho de lamer aquella fruta que los ha esperado como años mas tarde lo hará la muerte. Se deslizaran sobre ella y Margarita como una reina se sentara sobre el trono. Los senos descansan en el aire, sus cuerpos se mecen a la deriva y la tierra que los sostiene boca arriba se empapa de sudor.

Ya el alba se ha fijado en el horizonte, tres vueltas mas alrededor de la plaza y la luz que no se apaga. ¿Para que aguantar más si se ha perdido el sentido de la espera?. Por mucho que lo intente no podrá sacar el empuje necesario para estacionarse bajo la ventana, llamarla con un grito o una piedra y suplicarle que lo atienda.

Margarita no ha estado en la habitación. Allá, al cobijo del sauce que marca el alto de San Esteban sus ojos azules han luchado contra el manto de la noche. Abajo, el pueblo aun duerme. Había adquirido la costumbre de salir a caminar pasada la medianoche. Cuando vivió en la ciudad había sido igual. Largas caminatas por el paseo Magallanes hasta llegar al bosque de ocobos y acacias del jardín botánico. El, Manuel, ahí, sentado sobre la piedra en donde se juntan los senderos, con un cigarrillo en la boca y manos presurosas por abrazarla. No intercambiaban palabra alguna. ¿A nombre de que podría justificarse romper ese silencio impecable tejido por el rumor de los árboles mecidos por el viento? Es en la calma, en el silencio y en la penumbra donde mueren las desgracias: la desgracia de estar vivos sin saberlo, de esta noche que se gasta sin que se pueda hacer algo por detenerla. Antes de las palabras esta el silencio, del silencio vienen las palabras que nos habitan.

Aprendió que para estar con el tenia que descalzarse de las frases, tomar cada noche un sendero diferente, dejar que el la desnudara, que sus manos descansaran sobre sus nalgas. Sentir a los árboles estremecerse por la presencia del viento, su monte púbico arrasado por unos dedos que rasguñaban lo más profundo de su sexo. ¿Para que repetir aquel nombre si se ha borrado de la memoria de sus labios?

El sol despunta sobre el alto. Bajo el farol, en la esquina, ha esperado a que la luz en la habitación se apague. Sobre la misma calle y sin que pueda saberlo ella se acerca. Al dar media vuelta para tomar el camino a casa se estrecha la distancia que se ofrece como antesala del inevitable encuentro. Respira profundo apretando los dientes: un temblor le recorre el cuerpo. Diez, cinco, un metro. Un puñado de arena le ha entrado en la boca. Antes y después de la vida esta el silencio. Que hay para hoy? Palabras. Y para mañana? Palabras. Y para el sepulcro? Silencio.

Margarita se detiene y el abalanza los brazos hasta tomarle las manos heladas.

- Pase la noche esperándote…

No podía huir. Pese a ser conciente de la gravedad de la situación, le era imposible articular fonema alguno. ¿Tendría sentido relatarle lo acaecido durante la espera? ¿Para que esa estupida necesidad de recuperar el pasado ahora que ocupa el lugar de lo perdido? Resultaba demasiado difícil esbozar alguna justificación que redimiera las faltas para así restablecer la sacralidad del tiempo transcurrido. Elegir lo mejor para conformarse con lo peor. Para que llamarse a engaños: por encima de toda moral, alejarse resultaba humano. No se puede vivir si se esta rodeado por el temor.

- A caso no te fijaste? Encendí la bombilla poco antes del crepúsculo, desplegué las cortinas blancas y abrí por entero las ventanas. En el alto, el sauce era sacudido por el viento, mis dientes castañeaban por el frío.

La plaza ya no esta a solas. Los chicos salen a comprar el pan, la leche y la carne. Desde la esquina del frente, asomado al balcón, el pasante observa la plaza, fijándose por un momento en Margarita que ha cruzado la verja mientras el hombre que hace un momento estaba con ella se aleja. El café esta servido sobre el escritorio. Sobre una hoja de papel rayado la cita concluyente: la conducta de fracaso no solo puede inducir al individuo a partir derrotado de antemano sino también a hacer todo lo posible por fracasar. Margarita del valle ha entrado a casa cabizbaja. Las hojas bajo el sauce eran para el que dormirá bajo el sol sin adquirir la certeza de haber perdido la ocasión de dormir junto a ese cuerpo que en silencio la noche desnudo.